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Ana Escudero

SOY SENTIPENSANTE, ¿Y TÚ?

Tras leer un texto de Eduardo Galeano, me declaro sentipensante. No conocía el concepto pero siendo como soy, una persona racional y altamente sensible al mismo tiempo, creo importante saber incluir ambas perspectivas en cada aspecto de la vida, aprender a combinarlo y no renunciar a ninguno de los dos enfoques a la hora de tomar decisiones.

El fragmento decía así “Me gustan las personas sentipensantes, que no separan la razón del corazón, que sienten y piensan a la vez sin divorciar la cabeza del cuerpo ni la emoción de la razón.”

Esto me recuerda que normalmente se suele pensar que las personas racionales son 100% racionales y que las emocionales son así en la misma proporción, aunque yo no creo que sea así, más bien creo que somos un todo, pensamos y sentimos a la vez. Pensar y sentir no son funciones que podamos desconectar a nuestro antojo,  y así es como nos aproximamos a la realidad y así es como actuamos y tomamos decisiones, sin ser muchas veces conscientes de ello.

En general, parece que sobreponer la razón sobre la emoción es un signo de fortaleza e incluso de madurez y que nuestras emociones y nuestra sensibilidad son signos de debilidad y flaqueza. Entonces, crecemos valorando en los demás y en nosotros mismos, muchísimo más la racionalidad que la emocionalidad.

Parece que cuando debemos tomar decisiones importantes, es casi obligatorio dejar a un lado las emociones e incluso anestesiarse de ellas porque solo así nos aseguraremos de ir por el camino adecuado. Pero ¿Cuál es el camino adecuado? Acaso ¿no debería ser aquel que nos acerca a nuestro bienestar?

No existe ni puede existir un paso a paso o fórmula para conseguir bienestar porque este bienestar es totalmente subjetivo, para ti será uno, para mí otro. Para cada persona tendrá una forma diferente porque cada uno de nosotros tenemos unas prioridades, cosas o aspectos que valoramos por encima de otras cosas, lo que nos hace estar bien, lo que nos incomoda…Estarás de acuerdo entonces conmigo en que existen tantos caminos adecuados como personas hay en el mundo. 

Vale, entonces ¿puede ser posible optar por una decisión u otra sin considerar cómo nos sentimos y cómo nos sentiremos tras la decisión…?

Nadie en su sano juicio, quiere tomar decisiones para sentirse mal o peor de lo que está, por eso sería un sinsentido no tener en cuenta nuestro bienestar presente y futuro a la hora de optar por un camino u otro.

Podríamos decir que la voz de la razón nos ayuda a analizar si algo nos conviene o no desde un punto de vista más objetivo y lógico, sin la influencia de impulsos emocionales momentáneos. La voz interior de las emociones nos ayuda a acercarnos a lo que nos hace sentir bien. Es la combinación de ambas lo que nos permite vivir más cerca del equilibrio entre lo que nos conviene y lo que nos hace sentirnos bien.

Aissss, ¡bendito equilibrio! Algo que parece tan sencillo, no lo suele ser tanto, porque de nuevo me(te) hago otra pregunta, ¿qué es lo que nos conviene?

Y es que no tiene sentido actuar siempre desde la razón si lo que realmente buscamos en esta vida es la felicidad. ¿Cómo vamos a ser felices rompiendo los lazos con nuestro interior, con lo que sentimos?

Si la felicidad es una emoción, no podemos experimentarla si solo usamos nuestra parte madura y racional durante en nuestro afán por conseguirla. ¿no crees?

Combinar cabeza y corazón es tener en cuenta todo lo que somos ( y queremos ser)

Cuando somos conscientes de que es compatible el pensamiento racional con escuchar nuestro cuerpo, emociones y sensaciones y comenzamos a tenerlo TODO en cuenta, estamos por fin valorando nuestro BIENESTAR. A la hora de elegir lo que estudiamos, en qué trabajamos, qué negocio creamos, de qué personas nos rodeamos, con quién compartimos nuestra vida o tomamos cualquier otra decisión a nivel personal o profesional, no podemos (ni debemos) dejar de lado nuestro bienestar, ni el más inmediato ni el bienestar a corto, medio, largo plazo.

Las posibilidades que tenemos ante nosotros siempre van a ser varias o al menos estará entre estas dos, hacer algo o no hacerlo. Antes de tomar decisiones, durante el análisis, lo ideal sería contemplar cosas como lo que ganamos o perdemos en cada una de las opciones, nuestras propias particularidades personales, las circunstancias  que nos rodean en ese momento y si cada una de las opciones nos acerca o nos aleja de nuestra felicidad o bienestar

Pero a veces, quizás demasiadas, actuamos en desequilibrio, bien nos forzamos en tapar emociones y actuamos prácticamente solo desde nuestra parte más racional, bien nos dejamos llevar por una o varias emociones sin tener en cuenta a la razón. También esto forma parte del hecho de ser humano y es completamente normal. Probablemente el equilibrio está más en el cómputo global de cuántas veces actuamos de una manera o de otra y no tanto que siempre tenga que haber equilibrio en cada decisión o situación. Habrá decisiones en las que haya predominado la razón y en otras el corazón.

Los excesos, son peligrosos.

Cuántas decisiones habremos tomado o cuántas cosas habremos hecho porque nos hemos dicho a nosotros mismos que esto o aquello nos conviene, que es lo mejor para nosotros, para nuestro futuro… como si el día a día consistiese en estar continuamente sembrando semillas para recoger en forma de fruto esa vida o futuro mejor que anhelamos pero al que nunca llegamos. Como esa frase que dice “la felicidad se encuentra a la vuelta de la esquina que nunca doblamos, pues similar. Seguro que la has escuchado más de una vez.

A veces además, cuando nos decimos que algo nos conviene, sin saberlo, estamos cayendo en una trampa porque no nos damos cuenta de lo influenciados que estamos por lo que hemos aprendido sobre cómo deben ser las cosas y no estamos incluyendo en la ecuación lo que queremos realmente ni aquello que DE VERDAD necesitamos para mejorar, vivir mejor, sentirnos mejor…

No te creas, el otro extremo no está exento de peligro. Dejarse llevar por las emociones sin más puede llevarnos a vivir dando tumbos a merced de cómo nos sentimos en cada momento sin estar nunca satisfechos ni sentirnos bien del todo. Eso de “disfrutar el momento” es muy bonito y el mundo de las redes sociales e Internet en general, está plagado de ese mensaje. Aunque en la mayoría de los casos es un consejo bienintencionado, es un mensaje incompleto porque normalmente no te dicen cómo conseguirlo, vacío porque el concepto disfrutar es relativo y para cada persona puede ser una cosa y lo peor de todo, puede llevar a error porque disfrutar no significa dejar de pensar y simplemente dejarse llevar. Una cosa es lograr disfrutar del camino y del momento mientras tratas de mejorar o avanzar en tu vida y otra bien distinta es pretender satisfacer nuestro placer a cada momento sin pensar en nada más.

Los excesos y los extremos siempre son peligrosos.

Lo importante es el equilibrio

Si verdaderamente buscamos tener mayor bienestar, que probablemente es lo que buscamos todos, no podemos dejar de usar ni la razón ni el corazón y en cualquier tipo de decisión habrá que tenerlos a ambos en cuenta. En todo lo que hagamos o decidamos, tanto en lo profesional como lo personal,  pensemos con la cabeza pero no le restemos importancia a cómo nos sentimos, ahora y después de dar ese paso o tomado esa decisión.

Es posible que lo más acertado sea no hacer cosas solo porque la cabeza nos diga que es lo que debemos hacer sino porque una vez, analizado, reflexionado, pensado… decidimos hacerlo porque nos ayuda a conseguir mayor bienestar emocional, personal, familiar, relacional y/o profesional.

Cada persona debe decidir qué es lo más importante para ella en cada momento, si está dispuesta o no a sacrificar hoy su bienestar o parte de él por conseguir un objetivo o mejora a corto, medio, largo plazo.

No divorciemos la lógica de las emociones, necesitamos a ambas para  conocernos, comprendernos a nosotros mismos y comprender el mundo y lo que nos sucede, así como para tomar (mejores) decisiones.

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